EL MANANTIAL

En un instante en el que alcé la mirada hacia la puerta nuevamente, con sorpresa advertí que estaba abierta, sin ninguna atadura, nada extraño a la vez que curioso al ver que la estancia estaba libre de aquellas enredaderas que la cubrían por completo. Una mirada fugaz hacia la pared para contemplar la ausencia del cuadro, ya no estaba en su lugar.

 

En el exterior una fuerte tormenta de nieve cubría la arboleda del paraje que rodeaba la casa. Solo la armonía del viento y el sonido de algo semejante a un serrucho me acompañaban en aquel momento de inquietud.

 

Sin más me dispuse a salir al bosque.

 

El fuerte viento me invitaba a caminar ligeramente inclinado hacia delante mientras seguía escuchando al intuido por leñador cerca de la casa.

 

Cuando llevaba caminado unos pasos, puede que más, pude ver al hombre que había aparecido en la puerta instantes antes del extraño estado de hipnosis mirando un cuadro sin sentido.

 

El hombre, de mediana edad, estaba cortando madera al lado del frondoso árbol en el que me había quedado dormido la noche anterior, aquella extraña zona respetada por la pureza del tintado blanco del paisaje.

 

Intenté llegar hasta él, pero a cada paso que daba más lejano lo veía, hasta el segundo en el que apareció aquel pequeño con la mirada fija en el suelo. Contuve la respiración en un soplo, cuando aquel niño comenzó a caminar hacia el bosque. Las tres lunas aparecieron en lo alto de la montaña. Una mirada hacia la casa que ya no estaba en su lugar y un llanto de un niño saliendo de las entrañas de la serranía.

 

Cuanto tiempo caminé sin rumbo para llegar a un punto sin fin, un error dentro de un pensamiento equivocado, un acierto en el reflejo de una luna majestuosa que me hizo volver sobre mis pasos para recuperar un camino que subía hacia las montañas. Y una fuente de agua fresca que me ofrecía un trago de su pequeño manantial.

 

“¿Un trago? ¿Gran Guerrero?” Exclamó un pequeño duende sentado en lo alto de un arbusto comiendo frutos de color añil.

 

jueves 12 noviembre 2009

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EL LIENZO. Parte II

Un fuerte golpe sonó en la puerta de la entrada de la casa invadida por la vegetación que sujetaba cada uno de los pilares con una fuerza descomunal, escuchando el crujir de las vigas de madera que sosteníane el piso de arriba. Concentré la mirada en la puerta, entreabierta, observando el ruido de la enredaderas al quebrar.

 

La silueta de un hombre se dibujó sobre la claridad que se asomaba a través del espacio de la puerta ataviada con todas aquellas hojas de forma ovalada. Durante unos instantes permaneció allí de pie y sin más se dio la vuelta para salir de nuevo a los jardines que rodeaban la casa de aquel emplazamiento.

 

El aullido de los lobos y la noche que estaba cayendo hacían estremecedor aquel  frondoso pasaje. Me senté un tanto confundido en la silla observando el cuadro de la pared, analizando aquellas extrañas formas dibujadas sobre el lienzo, trazos de colores en un fondo blanco y una firma prácticamente ilegible en la esquina inferior.

 

lunes 03 agosto 2009

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EL LIENZO. Parte I

Me quedé observando aquel cuadro, pensativo, meditando quizás en como salir al exterior para volver a mi casa, sabedor del duro camino que me quedaba para llegar a ella. Recuerdos de un ayer grabados en mi mente intentando anular de mi memoria la misteriosa puerta que me había llevado a aquel lugar tan sorprendente para cumplir una misión asignada sin conocer el motivo que me llevó a Baia para cumplir mi acometido, donde un final es el comienzo de algo que vemos como instantes sin pensar en el paso de un tiempo inexistente, observando momentos desligados sin secuencia y dudando si lo que se atisba es real o imaginario.

 

Las vistas del lugar eran espectaculares, y el sol posado sobre la majestuosa montaña que se observaba enfentre bostezaba antes de desaparecer tras ella y dejarle paso a la mágica noche de Baia.

 

Una ventisca se había despertado con el atardecer y la noche invitaba a descansar después de un día intenso.

 

lunes 03 agosto 2009

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LA CASA ENCANTADA. EL ALMUERZO. PARTE II

Una mano se posó sobre mi hombro girándome con sobresalto. Era la bella mujer y sin decir palabra se dirigió hacia la puerta invitándome a seguirla hacia el interior, atrayente a la vez que seductora. Entré en la casa.

 

 

Sentada en la mesa se dirigió a mí con su mirada felina: “Coge el camino hacia las montañas, el instinto te llevará hasta allí y el destino te dirá lo que tienes que hacer.” Susurró aquella sensual boca.

 

“Pero… El niño… qué es lo que pasó...” Pregunte extrañado.

 

“Toma su camino como guía, pero no dejes que te venza.” Dijo.

 

Con curiosidad exclamé en voz tenue: “Cual es tu nombre, qué es lo que hago aquí.”

 

La hermosa mujer me miró fijamente y me respondió: “El bosque te lo dirá”.

 

 

Sin más, sobre un lateral de la habitación en la que había un lienzo sobre el que había tiznado algunos rasgos en varios colores muy llamativos formando una figura caprichosa, peculiar, sin formar nada en apariencia, comenzó a formarse una  enredadera que acabó por cubrir por completo la estancia en unos pocos momentos sin dejar nada visible de lo que se observaba instantes antes, solamente un poco de aquel extravagante lienzo.

 

 La mujer se levantó de sus aposentos y subió por las escaleras al piso superior, desapareciendo todo rastro de las escaleras a su paso.

 

Un momento de soledad hizo que saliera al exterior con aquel abrigo y un poco de desconcierto para observar a los alrededores buscando un punto sobre el que pusiera divisar más allá de mi imaginación.

 

Comencé a caminar por los setos en forma de laberinto, la mente en blanco y un solo pensamiento en mi memoria, inteligible, algo lejano a la vez que cercano, una imagen sin forma definida, sin poder precisar un color, algo que escapaba a la realidad…

 

Cuando abrí la mente aquellos setos eran mucho más altos que en un principio, un terreno laberíntico que me creaba ansiedad a la vez que tranquilidad, yedras verdes, infinidad de tonalidades de aquel color hacían de aquella vegetación algo indescriptible.

 

Al cabo de unos pasos me desvié a mi derecha. Cuando me encontré de nuevo en la habitación donde se albergaba el original cuadro. Miré hacia uno de los ventanales y la nieve había desaparecido por completo. Cuántos momentos había estado caminando en aquel laberinto para volver al mismo punto de partida. Era mi pregunta sin respuesta.

 

Estaba atrapado en aquel cuarto, las puertas estaban totalmente tapiadas al igual que las ventanas, literalmente atadas a las paredes de la casona.

 

Y el llanto de aquel niño volvía a sonar, tenue, en ningún lugar en concreto, pero a cada momento  más cerca de mí.

martes 30 junio 2009

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LA CASA ENCANTADA. EL ALMUERZO. PARTE I

Mientras bajaba las escaleras hacia el comedor, percibí  un extraño sonido en el exterior de la vivienda, como si del llanto de un niño se tratara, incansable a la vez que inquietante; el desconsuelo de un niño consentido que se queda sin su juguete preferido por portarse mal. Pero no le di mayor importancia, “simplemente susurros del bosque”, pensé.

 

Una bandeja de fruta estaba aposentada en el centro de la gran mesa que adornaba el enorme salón y hacia un lateral, una jarra de zumo acompañada de un pequeño vaso de cristal azulado. Me senté a almorzar, cavilando sobre aquel extraño despertar ajeno a mi razón, un sinsentido en mis pensamientos.

 

En un momento en que miré hacia la ventana, un niño cabizbajo miraba hacia el suelo helado, como ausente, sin moverse ni un ápice. Llevaba un abrigo verde con unas manoplas oscuras y unos pantalones de pana de color marrón oscuro haciendo juego con sus guantes; la capucha no dejaba ver su rostro.
 

Llevaba un buen rato observando, un poco atemorizado, cuando decidí salir de la casa. Abrí el portón de la casa en cuanto una bocanada de aire gélido se adentró en el caldeado interior de aquella estancia. Cogí un viejo y mullido chaquetón que estaba colgado en el perchero de la entrada y comencé a caminar  hacia aquel misterioso niño aparecido como de la nada.

 

 

Cuando llegue a su lado un escalofrió recorrió mi cuerpo cuando al inclinarme para ver su rostro no pude ver más que oscuridad dentro de aquella capucha. Al instante, unos segundos, quizás más, empezó a caminar hacia atrás lentamente, levantó la cabeza y pude ver unos ojos blancos, casi sin vida, curiosamente con su mirada fijada en mi rostro aturdido por aquella espeluznante visión.

 

Unos cuantos pasos y desapareció entre la niebla espesa que descansaba sobre el paisaje.

jueves 14 mayo 2009

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LA CASA ENCANTADA. EL AMANECER

Al despertar de mi letargo, un pequeño haz de luz se reflejó en mi rostro aún adormecido después de un largo descanso. Abrí los ojos y en un momento observé aquella habitación en la cual me hallaba, un vago recuerdo del día anterior, aturdido y desorientado.

A un lado, una pequeña mesilla con un reloj, solamente una aguja en el óvalo, el segundero que marcaba el paso del tiempo y una lámpara antigua de color dorado con forma de mano sujetando una esfera de cristal donde iba la mecha del candil. Enfrente de la confortable cama, una mesa de madera rústica con un espejo y una silla ligeramente ladeada hacia la ventana y a un lado de la puerta entreabierta, un armario de dos puertas sin grandes abalorios era lo que albergaba aquel acogedor cuarto

Fuera del habitáculo una voz femenina cantaba una canción, similar a la que me llevó hasta aquella misteriosa casa. Por momentos sonaba más cerca de mí, hasta que una hermosa mujer apareció en la puerta.  Llevaba un vestido de gasa fino de color azúl entrelazado en el cuello que dejaba entrever una esbelta figura. Su larga melena lisa de color oscuro resaltaba unos ojos cristalinos de apariencia felina.

Se acercó a mí y me tendió la mano por la frente. Cerré los ojos y se dibujaron en mi mente las tres lunas que había visto el día anterior sobrevolando lentamente el horizonte, un poco más acentuado su resplandor, algo extraño, un fugaz sueño quizás.

Pasaron unos segundos cuando la bella mujer me dijo casi en un murmullo: "Alnia, debes de estar cansado, deberías de comer algo. Al bajar la escalera, encima de la mesa del comedor hay algo de fruta y un poco de zumo".

Al momento desapareció, me levanté de mi aposento un poco confuso y me dispuse a bajar hacia el comedor como me había dicho aquella elegante dama.

martes 28 abril 2009

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SOBREVOLANDO BAIA. PARTE III. LA CASA ENCANTADA.

Llevaba caminando un buen rato abriéndome paso entre la nieve y los arbustos que me acariciaban a su paso cuando advertí entre la arboleda un pequeño descampado en medio de aquella vegetación helada.

 

Situado en el centro se hallaba un pequeño árbol sin nieve a su alrededor, grandes hojas verdes cubrían sus vigorosas ramas. Me acerqué a él  y con gran asombro, permanecí maravillado por la enorme energía que emanaba de su interior, cómo si estuviera próximo a una pequeña lumbre de una chimenea.
 
Me senté a su lado casi aletargado, hipnotizado... En mi mente veía una enorme montaña sobre la que se erguía un gran palacio con tres torres en un lateral que sobresalían de la fastuosa casa palaciega, dos de igual tamaño y una de ellas, la situada más hacia el exterior, más grande que las otras dos.

 

Un momento en el que cerré los ojos por completo escuché aquella voz tenue que me seguía cantando en una lengua que era desconocida para mí, me adormecía por momentos, mezcla de fatiga y de aquella sutil melodía que parecía salir de las entrañas de aquel árbol.

 

En un instante en que empezaba a anochecer en Baia pude entrever con los ojos ya medio entornados y arrimado al árbol una casa de piedra con una luz encendida en una de sus ventanas que iluminaba un pequeño jardín muy bien cuidado a su alrededor, pequeños setos recién cortados dibujaban varias sendas, semejante a un laberinto que llevaba a ningún lugar y que comenzaba en la entrada de la pequeña morada.

viernes 03 abril 2009

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SOBREVOLANDO BAIA. PARTE II

Un silencioso ruido llamó mi atención al otro lado del río. Al instante bajé aturdido por un estrecho camino que bordeaba el arroyo acompañado de un pequeño desasosiego incitado por mi misterioso despertar. Al llegar al añoso puente sentí una extraña sensación, como si todo aquello que observaba lo hubiera visto antes en algún lugar, razonablemente improbable por lo irreal del territorio.

 

En un instante en que miré al frente, justo al inicio de la vieja pasarela de madera que me llevaría a la gélida orilla volví a percibir aquel singular susurro, inaudible; no sonaba en ningún lugar concreto, pero sí me invitaba a seguirlo, el efecto que me producía era el continuar caminado, sin temor a nada, hacia ninguna parte y hacia todas a la vez.

 

Sin pensarlo, crucé hacia la ribera helada del río cubierta de nieve, con prudencia de no hundirme demasiado en aquel mullido terreno helado, puse un pié sobre el espeso manto blanco. Un efecto extraño recorrió todo mi cuerpo cuando advertí que la temperatura de aquel paisaje helado era similar a la del otro lado. Suave y apacible, todo lo contrario a lo que mi vista le comentaba a mi lógica mientras lo observaba.

  

Entretanto daba varios pasos volví a escuchar aquel eco silencioso que se iba tornando en una fina melodía, salía de ningún lugar y me arrastraba cautivado hacia aquel punto, impreciso, con paso firme, seguro, como si supiera con exactitud de donde provenía.

martes 31 marzo 2009

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SOBREVOLANDO BAIA

Sonaba el reloj a las doce del medio día, en un instante en el que pude ver Baia.

 

Estaba sentado en una roca al borde de un extraño río donde sus aguas remaban en sentido contrario a la pendiente de aquel frondoso terreno aparecido de la nada. Un poco más abajo, un  estrecho puente de madera unía las dos riberas de aquel río que desafiaba las leyes naturales del entorno y en lo más alto lucía un sol radiante, inmenso, con una claridad casi cegadora.

 

En uno de sus márgenes, donde yo me encontraba, la temperatura era muy agradable, la extensa vegetación se adormecía por un momento y una suave brisa acariciaba los enormes árboles que adornaban el bello paraje.

 

Del otro lado del arroyo, un espeso manto blanco cubría la densa vegetación; un lugar que se antojaba frío. Solo el silbido del viento serpenteando entre la arboleda perturbaba el silencio de aquel mágico lugar.

 

Un mismo sol y un mismo firmamento unían ambas orillas que escuchaban atentas el sonido de las aguas traviesas de su río. Un cielo con tres lunas en lo alto, casi imperceptibles por la luminosidad del día.

 

La luna más cercana al gélido paisaje era más grande que las otras dos, de similar tamaño, casi idénticas; cerca de un horizonte tan lejano que era difícil pensar que alguien pudiera llegar hasta allí.

domingo 15 marzo 2009

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HABELAS HAILAS

Publicado por nadaenspesial. http://nadaenspesial.blogspot.com en "Ventana a discrección".

alnia@galicia.com

domingo 01 marzo 2009

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